El "hombre 'socialista'" presentado por la propaganda soviética es, empero, una ficción, una irrealidad. Las revoluciones se caracterizan por la hermosa irrupción incontenible de nuevas y superiores relaciones individuales y colectivas. Se cuestiona en la práctica el edificio entero del orden dominante. Disciplinas amorosas y afectivas, sistemas del control sexual, orden orgásmico y lúdico, estructuras de sumisión, canalización de frustraciones y agresividades, castración creativa, miedo a la libertad y exploración extramuros, etc., lo que W. Reich definió como coraza caracteriológica y estructura psíquica de masas y M. Foucault como cuerpo disciplinado, salta hecho añicos produciendo de inmediato un paralizante temor profundo en amplios sectores sociales, incluidos los militantes revolucionarios. Y es que en esos momentos emerge lo que M. Brinton trata en su texto "Lo irracional en política". Pues bien, desde comienzos de la década de 1920 la revolución empezó a minarse desde dentro por dicho proceso. No podemos extendernos ahora en cómo otras presiones contrarias como la invasión imperialista y los costos de la guerra, el caos económico y la desindustrialización, la burocratización interna y el agotamiento bolchevique, etc., unidas a esa emergencia de lo irracional y autoritario, aceleraron el estancamiento primero y después el triunfo stalinista, con las consecuencias que todos sabemos.
El retroceso marchitó la belleza de la emancipación humana, cortando luego el tallo de la flor y por último, tras desarraigarla, dejando un gélido vacío despersonalizador, pasivo, obediente y dogmático que desbordó las fronteras de la URSS y penetró en la III Internacional. Proceso unido a las grandes masacres asépticamente llamadas "purgas"; al empobrecimiento cultural e imposición de los engendros de "realismo socialista" y "ciencia proletaria"; a la prohibición de todo debate y persecución de toda crítica y disidencia; a las inhumanas condiciones de vida y trabajo, etc. La década de 1930 fue una caída en el abismo del terror. La invasión nazi, que contradijo todas las certidumbres de Stalin, sacudió el clima de miedo y paralización reactivando desde las masas los valores revolucionarios de 1917 ante el súbito derrumbe de la burocracia del PCUS. Nada más acabar la guerra se endureció otra vez el sistema.
Hay suficientes indicios para sospechar con bastante plausibilidad que Stalin fue envenenado por sus ayudantes, sabedores de que se acercaba la "purga" contra ellos: ¿cómo podían vivir tranquilos cuando de los doce miembros que tuvo el buró político entre 1917 y 1923, sólo Stalin seguía vivo y sólo Lenin había muerto por causas naturales, mientras que los diez restantes, Trotsky, Bubnov, Kamenev, Bujarin, Tomsky, Rykov, Sokolnikov, Zinoviev, Preobrazhenky y Serebriakov, habían sido muertos previa tortura de muchos de ellos?. La troika que sucedió a Stalin y luego los años de poder de Kruschev no supusieron mejoras cualitativas, como tampoco el mandato de Bresnev. Al contrario, con este último la corrupción se instaló, como un cáncer, dentro mismo de los fundamentales aparatos del PCUS. Existía ya una casta burocrática todopoderosa, corrupta en esencia, pero con Bresnev la podredumbre lo abarcó todo. Los gusanos que en ella crecieron alabando a Marx y Lenin serían luego los sepultureros de la URSS.
El "hombre 'socialista'" estaba sometido a una contradicción nueva, no existente en los "hombres" anteriores. En estos últimos, la contradicción entre el deber-ser y el ser real, entre lo que dice la norma y lo que realmente se hace, está dentro de la síntesis social de valores ya que éstos son los pertenecientes a la clase dominante. Por contra, el "hombre 'socialista'" está objetivamente roto y deshecho pues la norma dice una cosa y la práctica lo contrario: debe ser crítico y es dogmático; debe ser omnilateral y es unilateral; debe ser desalienado y vive en la alienación; debe ser creativo y es inculto. La contradicción se hizo insoportable cuando se afirmó oficialmente que la URSS ya estaba en la fase socialista y se acercaba al comunismo. La trágica falsedad del mito era ya entonces apreciable para quien hubiera leído algo de marxismo y conociera algo de historia humana. La fulgurante implosión desintegradora de la URSS en algo más de seis años lo ha terminado de demostrar. ¿Cómo es posible que el gigantesco esfuerzo consciente de creación del "hombre 'socialista'", con un costo de decenas de millones de vidas humanas, se haya evaporado en la nada en tan poquísimo tiempo?.
Durante 1983-1984 se celebró con pompa triunfalista el centenario de la muerte de un Marx tan edulcorado que resultaba irreconocible. En marzo de 1985, Gorbachov es nombrado Secretario General. El julio de 1991, el "marxismo-leninismo" es abandonado oficialmente y en diciembre de 1991 se autodisuelven la URSS y el "hombre 'socialista'". Sobre sus cenizas se levantan de inmediato poderosas mafias asesinas. El alcoholismo, regalo del zar, combatido inútilmente por los bolcheviques, creció con Stalin hasta ser el sustento espiritual y euforizante cotidiano del "hombre 'socialista'". Lo más patético de la herencia dejada por el derrumbe es la fusión de tres tendencias: una fuerza electoral dominante de extrema derecha chauvinista; una revigorización del cristianismo ortodoxo defensor del eslavismo contra el Islam y el germanismo occidental y un ataque implacable a las conquistas de la mujer, pulverizándolas y reforzando el patriarcado. Como resultado de todo ello, domina en Rusia una atmósfera mortecina de desesperanza apática que contradice frontalmente a la práctica y teoría de decenas de miles de marxistas y revolucionarios de otras corrientes que murieron para erradicar esa resignación, ayudando a erguirse a los parias de la tierra.
El "hombre 'socialista'" no es sino el revestimiento del molde con el que se forjaron los militantes del PCUS desde la mitad de la década de 1920. Por aquél entonces comenzó en el tema que tratamos un doble proceso de liquidación de las bases de cualquier emancipación personal y colectiva. De un lado, las múltiples búsquedas de nuevos horizontes vitales desde la cotidianidad amorosa y sentimental hasta corrientes artísticas, pasando por la ecología, es decir, salvando las distancias, el núcleo de lo que en la Europa burguesa de finales de 1960 serían los movimientos sociales, el alternativismo, etc. Aquella efervescencia fue asfixiada por el autoritarismo creciente en el PCUS, pese a la oposición sistemática de sus corrientes nucleadas alrededor de los revolucionarios más brillantes. De otro lado, el enquistamiento del PCUS era también el de las organizaciones, sindicatos y soviets por él controlados, de modo que la fabricación de robots militantes fue generalizada. La pasividad y obediencia sumisa potenciaron la tendencia a la burocratización, enchufismo y alejamiento del pueblo. Y el mismo modelo se impuso al poco tiempo a la totalidad de partidos comunistas pertenecientes a la III Internacional. Se depuraron sus cuadros con la misma inflexibilidad que en el PCUS; se segó toda vida intelectual y creativa como en el PCUS; se denunció como "enemigos", "agentes imperialistas", "espías e infiltrados", etc., a los militantes que no claudicaban y bastantes "desaparecieron" misteriosamente. Más tarde el PCUS pasaría a la Gestapo nazi listados de militantes comunistas en los países de Europa central y del este.
El "hombre 'socialista'" fue y sigue siendo la imagen oficial de todos los "Estados socialistas". Aquí debemos hacer una rápida exploración de la cuestión del Estado. Según la teoría marxista clásica elaborada hasta finales de 1920, de ningún modo puede existir el "Estado socialista" pues Estado y Socialismo son antagónicos. El segundo sólo puede darse sobre las cenizas del primero. Menos aún puede darse sobre su fortalecimiento como lo afirman las vulgatas stalinistas. La idea de que existe un antagonismo irreconciliable entre el individuo en praxis desalienadora y el Estado, esa idea es central y permanente en Marx, como lo hemos comprobado en el apartado anterior. La idea de que la multiplicación de las potencialidades omnilaterales de la especie humana sólo es dable en relación inversamente proporcional al decrecimiento y extinción del Estado recorre toda la literatura marxista hasta el stalinismo e incluso buena parte de la reformista socialdemócrata de comienzos de siglo. No es sorprendente, ni mucho menos, que el Lenin del "Estado y la Revolución" fuera calificado de anarquista y que los textos de Marx y Engels que tratan sobre el tema fueran marginados en la URSS, como casi toda su obra, y que, por último, el PCUS hiciera un esfuerzo titánico permanente para legitimar la monstruosidad teórica de la existencia de un "Estado socialista".
La desintegración de los regímenes este y centroeuropeos que formaban el glacis protector de la URSS; la proliferación de comportamientos reaccionarios típicamente burgueses en China; los serios problemas en Cuba; el fortalecimiento de corrientes radicales islámicas en Estados y regiones antes "socialistas"; estos y otros procesos de putrefacción y retroceso a los más autoritarios comportamientos del "hombre burgués", sólo son comprensibles recordando las impotencias internas del "hombre 'socialista'" en sí como la forma exterioricista y muchas veces violenta de su expansión. Jamás se puede obligar a nadie a ser libre. Jamás se puede exportar la revolución y jamás se puede pretender voluntarista y subjetivamente acelerar la historia más allá de su velocidad propia. Querer forzar el ritmo de evolución de los pueblos es negarles su independencia más sagrada. Llevada esta lógica helada e insensible al plano de las relaciones interpersonales encontramos la creencia nefasta de que el Estado o el Partido pueden y deben regular lo más íntimo, personal e intransferible de la persona, es el último reducto de lo propio, de lo irrenunciable y definitorio de la libertad individual-colectiva. También es negarle toda capacidad de riqueza interpersonal, de profundización y ampliación de sus redes relacionales. De este modo, el individuo, que es el conjunto de sus relaciones sociales, es doblemente negado.
Con este breve repaso de las cuatro fases de praxis de las relaciones individuo-colectivo, hemos visto como se entreteje una urdimbre de luchas, revoluciones, contrarrevoluciones y masacres que recorre con altibajos, estancamientos y retrocesos la historia de Occidentes desde hace más 25 siglos. No podemos entender la evolución de la dialéctica del desarrollo personal sin partir siempre de esta realidad histórica. Sin partir, desde luego, pero tampoco sin hecerlo para volver a ella. Aparece aquí el principio de intencionalidad, de orientación praxística, de criterio de la práctica.
Marx dijo una vez que la memoria de los muertos oprime el cerebro de los vivos. Una memoria falsa pues ha sido construida por los poderes opresores para impedir que las oprimidas/os se emancipen. Basta ver al respecto, la total tergiversación que los poderes, empezando por la Iglesia, han hecho de dos asuntos decisivos para el tema que tratamos: uno, la opresión de la mujer y su peso cualitativo y determinante en todo el conocimiento actual, empezando por su ontologización misma y otro, la corriente ético-política que desde Demócrito, siguiendo por Epicuro, etc, llega hasta nuestros días. ¿Cómo podemos transformarnos y liberarnos nosotros mismos, si los presupuestos teóricos, el lenguaje que empleamos están ya viciados, son elementos de poder?. Esta impotencia previa la constatamos amargamente en la inmensa mayoría de los teóricos, filósofos, historiadores, etc, que han querido aportar su contribución a la libertad humana. Freud, entre muchos, lo ejemplariza dolorosamente.